Realidad de un padre asesino

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Sí, lo confieso. Yo lo hice, conscientemente. Me hice cargo de ellos. Con saña.

Soy un hombre que se ha hecho solo. He superado los más importantes retos que me ha impuesto la vida, sin ayuda de nadie. Así que, ¿qué esperaban? ¿Que me cruzara de brazos? ¿Que perdiera más meses después de meter una denuncia y ver que nada hace la autoridad? ¿Que me pasara lo que a tantos —ricos y pobres, famosos y desconocidos— a quienes les abusaron o mataron a un hijo y llevan años viendo como las triquiñuelas del sistema legal, favorecen a los asesinos o plagiarios? No, ya estuvo bueno de gastar el tiempo y sobrellevar esa desvergüenza.

Aquí, conmigo, se hace justicia. Por mis pantalones y por poner un ejemplo. Soy hombre de acciones concretas. No me ando por las lianas. Si hubiera Estado de derecho, actuaría conforme a tal. Pero no lo hay. Y cuando eso sucede, se impone el estado del más cabrón. O, dicho de otra forma: como por las buenas no se puede, actué por las que pude.

Sí, yo lo hice. Y miren que me costó una fortuna. Estos hijos de su pinche madre se metieron a robar a mi casa. Se llevaron lo que quisieron, pero la cosa no quedó ahí. Cuando llegué, estaba toda mi gente vuelta loca. Y no sin razón. Los amagaron y ya estando todos sometidos, uno de estos miserables ladrones, violó a mi hija. No le bastó con robarme. Tenía que arruinarle la vida a mi más preciado ser.

No les voy a hacer el caldo gordo a ustedes que tienen tanto qué hacer con sus vidas. El meollo es que contraté a través de un guarura, a un ex-policía que agrupó a otro policía en servicio y con ellos, dimos con los malnacidos. Primero, con el violador, al que le decían “el polaco”, que se llevó el iPad de mi niña donde filmó su violación. Un buen día se le ocurrió encenderlo para presumir sus hazañas. Y nos dio su ubicación exacta.

Lo levantaron ellos y lo llevaron a mi rancho. Y yo me hice cargo. Le di una madriza que nunca hubiera imaginado que yo podía propinarle a otro ser. Soltó toda la sopa y hasta me dijo quienes habían sido sus cómplices. Y cuando estaba semiconsciente y atado, le corté el pene con unas tijeras polleras. Gritó y chilló como endemoniado, hasta que se desmayó. Miré que le curaran la herida. Y cuando volvió en sí unos días después, muerto de hambre, sólo había un platillo: su miembro asado con lentejas. Tres días se resistió, hasta que después se lo comió. Es cabrona el hambre.

Tristemente, “el polaco” se murió y no alcanzó a ver cómo nos encargábamos de sus socios, a quienes levantamos uno por uno para que el miedo los fuera carcomiendo. Y los asesinó una gente que traje del norte, para que después me los desapareciera. No quedó ni rastro de ellos. Los “cocinó” en un tambo de acero con agujeros y una mezcla de aceite con diésel. Es impresionante cómo se desaparece un cadáver en menos de una hora. Se consumen. Se hacen jugo.

Hoy estoy preso, pero no arrepentido. Dime tú que me lees, ¿con qué valor puedes cuestionar mi actuar si la justicia en todo el país es inexistente, aunque hayamos cambiado de Presidente? ¿Qué harías si te violan una hija o te matan a tu esposa?

 

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